• Meses después de la muerte de Vicente Ferrer, la Fundación que lleva su nombre continúa con el trabajo que arrancó hace cuarenta años en Anantapur y que ahora se extiende a otros distritos del estado indio de Andra Pradesh. Un equipo de LAS PROVINCIAS TV viajó hasta la India para comprobrar la labor que allí se desarrolla.

José ForésValencia | Jose Forés Romero

Uno llega a la India preparado para lo peor, listo para recibir una bofetada de realismo, de esas que sólo la experiencia te proporciona, de las que te sacan de tu mundo, el de los tejemanejes políticos, judiciales y sucedáneos. Pero lejos de esos miedos absurdos, propios de la condición humana acomodada, el choque resultó más suave de lo esperado.

Sí, hay pobreza. Pero en Anantapur es una pobreza que difiere y mucho de la que tenemos conceptuada. Se trata de personas que asumen por su religión que deben ser pobres. Gente que cree no merecer más que un mísero trabajo y unas indignas condiciones de vida.

Por eso no suelen delinquir, no matan ni forman escuadrones de mendicidad como los que se encuentran los visitantes en grandes ciudades del país , como en Mumbai.

Aquí, te reciben con los brazos abiertos. En cada aldea que visitamos éramos tratados como personalidades. Con una sonrisa limpia e infinita. Nos relacionaban con la Fundación y por lo tanto éramos como ángeles que les ayudan a salir del pozo sin agua en el que viven.

Para ellos somos los españoles. Esos que les mandan dinero para construir embalses. Financiación para levantar escuelas, crear infraestructuras sanitarias, organizar colectivos de mujeres y para tantas otras cosas, muchas de ellas, intangibles, que no llegamos a ver más allá de nuestra oxidada mirada.

Todo eso surge a partir de un estudiado sistema de trabajo, de ideas revolucionarias y de no pocos contratiempos, con el que se ha conseguido desde la Fundación, un doble objetivo: sacarlos de la miseria y devolverles la dignidad.

Dignidad que se plasma en personas como Mamatha, Redamma, Jenakapattarrama, Parameswar y otros tantos anónimos seres humanos…

Mamatha: la niña que baila en medio del silencio.

Mamatha es sordomuda, tiene trece años y, como casi todos los niños con los que nos cruzamos, reparte amplías sonrisas a quien le saluda. Asiste a clase diariamente y ensaya también cada jornada para participar en el festival que anualmente organiza la Fundación.

En el festival participan todos los niños, sufran o no alguna minusvalía, con lo que se fomenta la igualdad desde la infancia. Eso a Mamatha le encanta, estar de tú a tú con otros niños. Eso y vestirse con un espectacular sari lleno de colores. Porque en la India todos son colores.

Su profesora es discapacitada física, como la mayoría de los maestros que trabajan en el centro de niños con discapacidades y ha elaborado un sencillo sistema en el que se encienden unas luces que, combinadas con señales, se traducen en una coreografía ejecutada con férrea disciplina y suma brillantez.

En condiciones normales, Mamatha viviría en casa de sus padres, de donde probablemente no saldría nunca, no tendría futuro y comería la última después de que lo hicieran quienes en principio fueran productivos. Mamatha es mujer y sordomuda, desgracia doble para sus padres porque ésta es una sociedad en la que no se ve como “apto” para el trabajo a alguien que está impedido y encima resulta ser una mujer.

Con todo, Mamatha ha superado las barreras y no sueña con ser una gran bailarina ni con ganar mucho dinero (aquí deberíamos discutir sobre el concepto de “mucho”), sino que quiere devolver a su comunidad lo que la organización ha hecho por ella y trabajar, de mayor, como profesora de niños sordomudos. Como su profesora, a la que se nota que admira.

Redamma: la mujer que consiguió dinero y respeto.

Redamma es una mujer que ronda los cincuenta años , o a lo mejor no. Es posible que las marcas de las acentuadas arrugas que luce sean producto del duro trabajo que en el campo ha realizado en los últimos años. Redamma pues, podría haber cumplido ya los treinta y siete como los cincuenta y cinco . Pero, a pesar de ello, ha tenido suerte en la vida. Porque las mujeres sufren en la India una innumerable lista de ignominias inclasificables. Además de la falta de respeto, la violencia de género alcanza aquí cotas inimaginables. No son mujeres, son “medios” necesarios para la procreación, que vienen con dote y poco más.

Para erradicar esta y otras situaciones se crearon los Shangams, colectivos de mujeres creados para defender sus intereses y que manejan el Banco de la Mujer y los Fondos de desarrollo. Con estas asociaciones se consigue conferir a las mujeres de personalidad e independencia con respecto a sus maridos y familias.
Las viviendas quedan escrituradas a nombre de la mujer. Los microcréditos para desarrollar un negocio familiar también. Y eso hizo Redamma para comprar una vaca, y poder ahorrar.

Jenkatarama y Laleppa: los profesores apadrinados.

Jenkataramana y Laleppa son profesores de escuela. Bien parecidos, visten relucientes camisas blancas. Ambos, como todos los hombres en la India, adornan sus rostros con espesos mostachos. Trabajan para la escuela en la que de niños aprendieron a leer y escribir. Los padres de Jenkataramana eran analfabetos. No entendieron que su hijo debiera acudir a la escuela. Ellos pensaban que perdían mano de obra para trabajar en el campo. Un trabajador de la Fundación les convenció para hacerles ver que su futuro era más halagüeño si su primogénito acudiera a la escuela .

Hace falta una compleja labor de concienciación para convencer a una comunidad de la necesidad de escolorizar a los niños para que su futuro tenga grandes dosis de esperanza.

Son necesarias las aportaciones económicas. De no ser por los ingresos que inyectan los padrinos, las castas más bajas jamás habrían soñado con tener a todos sus niños escolarizados. Y sólo por dieciocho euros al mes.

La meta del futuro es conseguir la alfabetización por igual de niños y niñas..

Parameswar: un curandero le contagió el SIDA.

Parameswar acudió a un curandero para sanar una herida en el brazo y acabó contagiado por una jeringuilla Él no se contagió porque, como otros pacientes del centro, ejerciera la prostitución en grandes ciudades. Ni siquiera por una transfusión letal. Lo hizo por ignorancia. El desconocimiento que le ha llevado a un estado físico lamentable. A una delgadez extrema y a un cambio de costumbres en su vida del que nunca podrá desembarazarse. Aunque ha llegado a tiempo para vivirla.

Hace falta una campaña institucional en este país para detener la alarmante tasa de contagiados por el VIH. Y ayudas a las personas enfermas.

La marginalidad que sufren es brutal. Las personas infectadas no lo hacen público y cuando son descubiertas sufren ,incluso, el rechazo de sus propias familias. La falta de información, sobretodo de las posibles vías de infección, provoca que hombres como Parameswar estén ahora ingresados.

El programa de atención sanitaria tiene como objetivo mejorar las expectativas y condiciones de vida de los habitantes de Anantapur. Para ello se han levantado clínicas rurales, hospitales, un centro de planificación familiar y otro de atención y cuidado para enfermos de Sida.

La labor del personal médico del centro no acaba en el cuidado, abarca mucho más allá. En todos los campos sanitarios, ya que los agricultores y otros trabajadores, no acuden a los hospitales porque perderían un día de trabajo y, en consecuencia, su residual sueldo. Esto hace más dificil el trabajo de los sanitarios, ya sean voluntarios que supervisan y localizan enfermedades en las aldeas ,enfermeras o médicos especializados.

El futuro, asegurado.

Las vidas de éstos y otros habitantes de Anantapur han adquirido un rumbo diferente en las últimas décadas, gracias a la labor de la Fundación. En todos los ámbitos. En la agricultura, proporcionan agua donde no la había, amplían sus negocios, como con la ganadería, procuran viviendas dignas y un largo listado de acciones, que se ampliarán a otros distritos.

Una ardua tarea que continuará más allá de la presencia física de Vicente Ferrer, una persona que no se tomó vacaciones en vida porque lo suyo no era un trabajo sino una misión, un deber. El deber de dar, de ayudar, de enseñar, de conseguir que unas castas, las más bajas, alzaran sus cabezas con orgullo al cruzarse en la calle con alguien, con quien fuera. Él les enseñó que la dignidad no es propiedad de uno, sino de todos.

El mundo sigue siendo un pozo de injusticias, un mundo bastardo, pero que tiene posibilidades de cambiar. Si todos nos ponemos manos a la obra. Claro.

Todo esto te sirve además para relativizar las cosas en tu día a día. No me he convertido al voluntariado, ni creo que sirviera o tuviera agallas para ello. No soy un hipócrita. Seguiré analizando la actualidad en Redacción de Noche, en LAS PROVINCIAS TV, pero he aprendido la lección. Una magistral. La de la realidad del mundo en el que vivimos.

Por ello sé que, como alguien me dijo en la India, no debemos infravalorar lo que aportemos con esta campaña solidaria de LAS PROVINCIAS MULTIMEDIA, por nimio que nos parezca. Porque mostrar lo que allí se hace servirá para mucho. Para la Fundación Vicente Ferrer o para cualquier otra organización que llame la atención del que quiera aportar algo. Un euro o su ayuda física e intelectual. Porque todo esfuerzo merece la pena. Como se ha visto en Anantapur, que traducido al telegu, idioma local, significa ciudad del infinito.